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Por Luciano Eutimio Armas Morales
Alfonso Martínez estaba sorprendido y lleno de satisfacción y ansiedad, por el hecho de que el director de Página 12 lo hubiese elegido a él para hacer esa entrevista, que posiblemente sería referencia en primera página de toda la prensa. Ignoraba cómo se había gestionado y conseguido, y aún le parecía imposible hacerla realidad; pero con la grabadora, la cámara y mucho nerviosismo, bajó del subte en la estación San Martín, y dejando atrás la plaza del mismo nombre se encaminó al número 994 de la calle Maipú, esquina con la calle Marcelo Torcuato de Alvear.

Alfonso pensaba que el periódico contaba con otros periodistas con más experiencia y méritos que él para realizar este encargo que podría ser un hito en su carrera periodística, pero el director del periódico tenía conocimiento de un trabajo que había hecho sobre el entrevistado, por el cual, en su momento había recibido muchos elogios.

Ya llevaba tres años en Página 12, en la sección de Cultura, y actuando a veces como reportero. Contaba con un brillante expediente académico de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, y aceptó el encargo con indisimulada satisfacción.

Vivía desde hacía dos años en un pequeño apartamento de la Avenida General Las Heras 2476 con su compañera Marta Sanjuán, que trabajaba en Telefe TV. Ambos compartían la ambición de crear un día un periódico digital y generalista que, con frescura y nuevas propuestas, pudiera competir con los dinosaurios digitales de Clarín, La Nación o La Prensa.

Vestido con una campera azul y con una mochila en bandolera, Alfonso se aproximó al portal del edificio de la calle Maipú 994, y buscando con ansiedad en el panel de los timbres, pulsó en el 6º. B.

Le contestó una rasposa voz femenina.

—¿Diga?

—Soy Alfonso Martínez.

—Ah, ¿el periodista? Pase, lo estábamos esperando...

Con contenida emoción, Alfonso entró en el salón de la casa y se sentó en un sillón de cuero negro, por indicación de la señora que le abrió la puerta. Entrada en años, con el cabello casi blanco, con un vestido estampado atemporal pero con aire señorial y natural elegancia, la dama se dirigió al invitado:
—¿Desea un mate el señor?

—Se lo agradecería muchísimo.

Alfonso tenía delante de sí una mesita redonda de caoba y, al otro lado, un sillón de cuero negro similar al suyo, en el que supuestamente se sentaría el anfitrión cuando entrase en la estancia.

Estanterías de madera oscura repletas de libros, unas densas cortinas que apenas dejaban entrar la luz de la calle, una lámpara de siete brazos de lágrimas de cristal con luminosos destellos que parecían de Swaroski, y un denso olor rancio a madera y libros viejos, impregnaban la atmósfera del salón de la casa.

Observaba la pava del mate, que desprendía un vapor en el que pudo distinguir la inconfundible fragancia de la yerba Taragui sin palo. «Esta gente tiene buen gusto», pensó Alfonso.

De pronto levantó la vista y tenía sentado frente a sí a un caballero vestido con un traje gris, corbata a rayas, su mano derecha apoyada en un bastón de mango curvo y su mano izquierda sobre su rodilla. Parecía que lo miraba sin verlo, y a pesar de sus ochenta y seis años, mostraba entereza y un aire señorial.

—Le agradezco infinitamente esta entrevista en nombre de nuestro periódico, y que haya venido desde tan lejos —comenzó Alfonso.
—El viaje ha sido muy leve. Y yo tenía ganas de rememorar tiempos pasados por medio de un periódico nuevo que no conocía, y que aporta otra mirada a nuestra realidad. Pero una condición para la entrevista: fotos no, por favor.

—Lo acepto, por supuesto. —Alfonso apartó la cámara con un gesto y puso en marcha la grabadora—. Si le parece bien, comenzamos porque nos diga su opinión sobre algunos escritores y personajes actuales o históricos…
—Comience…

—Kafka.

—Cuando leí el primer libro de Kafka me llamó la atención que escribiera tan sencillo. No tiene connotaciones de tiempo y lugar, porque es atemporal y profético. Fue un escritor tranquilo y discreto, a quien le importaba su obra y no la fama. Creo que Kafka ha sido uno de los grandes autores de la literatura. Es una blasfemia querer comparar a Joyce con Kafka, como hacen algunos.

—Ya que lo nombra: Joyce.

—Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado. Esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo. Se dedicó a construir vastos laberintos en los que él mismo se perdió, y en los que los lectores se pierden. Su estética es espantosa.

—Antonio Machado, el poeta.

—¿Antonio Machado, poeta? No sabía que Manuel Machado tenía un hermano poeta.
—Gabriel García Márquez.

—¡Ah, sí! Ha tenido mucho éxito con ese libro… Cien años de soledad. Creo que con cincuenta años habría sido suficiente.
—Lorca.

—Lo vi una vez en mi vida, pero nunca me interesé por él ni por su poesía. Me parece un poeta menor y pintoresco.
—Hemingway.

—Terminó matándose porque se dio cuenta de que no era un gran escritor.
—Augusto Pinochet.

—Estuve almorzando con él cuando fui a Chile a recoger el nombramiento como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Santiago a propuesta suya. Era una buena persona.
—Franco.

—Es un personaje histórico merecedor de elogios. Salvó a España del comunismo.
—Videla.

—El golpe de estado de Videla fue una liberación para Argentina, porque la democracia que había, era una pura superstición.

—¿Y qué me dice del futbol?

—El fútbol es muy popular, porque la estupidez es popular.

La entrevista continuaba, y Alfonso estaba realmente fascinado. En un pequeño receso, comprobó la grabadora y tomó la bombilla del mate para ingerir otro sorbo. De pronto levantó la vista…, y el sofá negro que tenía enfrente estaba vacío. Una difusa neblina blanca ocupaba el lugar en el que hasta ese instante estaba el interlocutor.

Profundamente impactado, Alfonso tuvo la sensación de haber realizado la entrevista de su vida.

Se despidió de la señora con una reverencia de agradecimiento. Bajó en el ascensor, y al llegar a la calle Maipú miró el cielo intensamente azul de un septiembre primaveral. Continuaba profundamente afectado por la entrevista que acababa de realizar. La impaciencia y los deseos de llegar al apartamento y contárselo a Marta, lo impulsaron a tomar un taxi.

En lo que Alfonso, sentado en el taxi repasaba mentalmente la entrevista que había hecho, a 11.056 kilómetros de allí, en el cementerio Plainpalais de Ginebra conocido como el Cementerio de los Reyes, una difusa neblina blanca se introducía en el suelo, bajo una lápida de piedra con inscripciones crípticas y referencias a celtas y sajones, y una representación de los siete guerreros vikingos de la batalla de Lindisfarne.

Marta lo recibió con un fuerte abrazo, consciente de que Alfonso había logrado un hito periodístico histórico.

—¡Cuenta! ¡Cuenta! —le decía impaciente.

—¡Ha sido increíble! Y entre lo que nos hemos documentado durante tanto tiempo y el resultado de la entrevista, tengo una idea bastante precisa de su personalidad y de la trayectoria fascinante de su obra. ¡Tenemos material para un gran reportaje, e incluso para una tesis!
» La primera conclusión es que hay un hecho que le impactó profundamente y de alguna manera condicionó la evolución posterior de su obra.
» Después de un inicio sexual en un prostíbulo de Ginebra a instancias de su padre, y el fracaso de su primera relación amorosa a los diecinueve años en Suiza con una sirvienta, ya en Argentina, con veintidós años, se enamoró apasionadamente de una escritora y poetisa pelirroja de padres noruegos llamada Norah Lange. Pero esta, a su vez, se enamoró perdidamente del poeta Oliverio Girondo y dejó plantado a nuestro hombre.

» Esto le provocó una gran depresión y un trauma que lo llevó a dos intentos de suicidio, y además transformó radicalmente su personalidad y también el carácter de su obra.

» Se produce un vuelco en sus ideas y estilo literario, que muchos críticos no se explican. De joven era un poeta muy apasionado, intenso y emotivo, que pensaba que la literatura era cuestión de expresar los sentimientos. Pero eso cambia radicalmente una vez que lo rechaza Norah Lange, para comenzar a escribir ficciones muy frías, con un cambio radical de estilo.

» No le interesaba la realidad, sino construir un laberinto de leyendas con falsa erudición, como una forma de sublimar su frustración. Era una persona egocéntrica y vengativa, que disfrutaba hiriendo y engañando a los demás.

» Un escritor que utilizaba una prosa sobrecargada y llena de artificios, trucos y adornos, con una subliminal carga de prepotencia y pedantería. Relatos que se enrevesan y dan mil circunloquios, para sorprender mucho y no decir nada.

» Un genio en el arte de construir catedrales de palabras, gramáticas utópicas, matemáticas imaginarias, opciones léxicas, recuerdos inventados y originales ficciones. Era un genio literario, pero no era una buena persona.

Luciano Eutimio Armas Morales. Taller de escritura. Abril,2022

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