
El Hierro necesita mirarse al espejo con valentía. Necesitamos, como pueblo, asumir algo incómodo: nuestra generación ha fracasado. Hemos hipotecado presente y futuro en aras de un politiqueo infantil, complaciente, que ha preferido premiar la mediocridad y la docilidad antes que el talento, el esfuerzo o la capacidad transformadora. Y mientras tanto, nuestra isla se apaga poco a poco, convertida en un esperpento del sentido común y de la vecindad.
El hacer isla jamás fue dejarse arrastrar por inercias externas ni por el interés de pequeños grupos que confunden lo público con su feudo. Hacer isla es educar a nuestros hijos para que asuman el relevo de lo que nosotros fuimos incapaces: dotar de dignidad y de ambición al proyecto político y social herreño. Porque El Hierro o se defiende a sí mismo con decisión o queda condenado a la irrelevancia.
No podemos seguir fingiendo que hay voluntad real en un Cabildo donde se detonan las energías en cálculos menores y alianzas de servilismo. No podemos resignarnos al canibalismo de las buenas intenciones, a que todo lo que supone incomodidad sea automáticamente silenciado. No. El futuro exige coraje, y coraje significa tomar decisiones que hoy no convienen a unos pocos, pero mañana darán vida a todos.
Hace años que decimos lo que necesitamos, con una hoja de ruta clara y concreta. No son sueños. Son deberes de supervivencia insular, son las bases mínimas de un proyecto de dignidad:
Embellecer nuestros pueblos y dejar de resignarnos a la fealdad de lo improvisado.
Apostar por consumir y cultivar lo nuestro, con un producto gourmet que convierta lo local en riqueza y orgullo.
Extender la red de riego a toda la isla para que cada cultivo sea posible.
Crear becas de 1.200 euros mensuales para que al menos cien estudiantes herreños accedan cada año a las mejores universidades y posgrados del mundo.
Potenciar un hospital de diagnóstico digno de este siglo.
Ampliar y culminar las residencias de mayores que nos urgen ya.