
Por Luciano Eutimio Armas Morales
“París en el siglo XX” es el título de una novela escrita por Julio Verne en 1863, pero de la que su editor dijo que era muy pesimista y poco creíble, porque lo que quería publicar su editorial era aventuras alegres para deleite de los jóvenes. Esta novela terminó en un cajón de un desván olvidada, hasta que en 1994 fue rescatada y publicada.
Y efectivamente, si “La vuela el mundo en 80 días”, o “Veinte mil leguas de viaje submarino” eran novelas optimistas que predecían maravillas tecnológicas o el desarrollo del transporte y la logística, “París en el siglo XX” es una novela que, aunque predice los trenes de alta velocidad, la iluminación de las ciudades por energía eléctrica, los rascacielos, y, lo más alucinante, el desarrollo de las telecomunicaciones, la televisión e internet, cuando aún Alexander G. Bell ni siquiera había patentado el teléfono.
Pero lo que motivó al editor de Julio Verne a meter esa novela en un cajón es porque contenía un relato pesimista, que describía una sociedad en la que el arte, la cultura y los sentimientos han muerto, porque sus ciudadanos están inmersos en un mundo en el que solo les preocupa el dinero, la eficiencia y la tecnología.
Después de Julio Verne, muchos autores han recurrido a la ciencia ficción y la distopía, para describir un mundo en que el ser humano va quedando desprovisto de sus más valiosas esencias como son su libertad y sus sentimientos, para quedar reducido a un juguete de poderes tecnológicos omnipresentes o de poderosos e inaccesibles personajes.
Podríamos citar a algunos clásicos de este género, como “1984”, de George Orwell; “Un mundo feliz” de Aldous Huxley; “Fahrenheit 451”, de Ray Bradbury; o “La naranja mecánica”, de Arthur C. Clarke, que llevó magistralmente al cine Stanley Kubrick, autor también de esta extraordinaria película, que también forma parte de este género, “2001: una odisea del espacio” realizada en 1968. Pero una obra menos conocida, que a mi siempre me ha parecido digna de figurar en este pódium, es la película “Alphaville”, realizada por Jean Luc Godard en París en 1965.
Este director de cine, cofundador de la revista “Cahiers du cinemá” y del movimiento cinematográfico La Nouvelle Vague en la Francia en los años ´60, comenzó su carrera con la película “Al final de la escapada”, (“Á bout de suffle”, 1960), con un estilo que dinamitó las reglas del lenguaje visual y cinematográfico, pero que marcó un verdadero hito con “Alfhaville”, realizada en 1964.
El argumento resumido, es que existen dos ciudades-estado rivales y enfrentadas, y el gobernador de Los países Exteriores”, envía a un agente a Alphaville, para que se entreviste con su gobernador y tratar de localizar a un agente diplomático suyo desaparecido.
No en nada fácil acceder a la sede del gobernador de Alphaville por parte de un agente extranjero, pero utilizando diversas tretas, maniobras y con gran astucia, el agente Lemy Caution por fin logra llegar a la antesala del despacho del gobernador, y pasando todos los sistemas de seguridad, entra en el despacho del todopoderoso gobernador, que controla minuciosamente la vida de todos los ciudadanos de Alphaville.
Pero cuando por fin se sienta ante la mesa del gobernador, no tiene delante de sí a un ser humano, sino al superordenador Alpha 60, que es el verdadero, omnipresente y todopoderoso administrador esa ciudad, en la que las emociones están prohibidas, el lenguaje está controlado y determinadas manifestaciones personales, como mostrar ternura, conciencia o llorar, son sancionadas.
El agente Lemmy Caution toma conciencia de que no puede vencer a Alpha 60, pero descubre que esta supercomputadora ha sido programada por el profesor Von Braum. Logra introducir con un mensaje, una contradicción en el sistema de Alpha 60, que le hace colapsar, luego asesina al profesor programador, y los ciudadanos, incapaces de sobrevivir sin las órdenes de los algoritmos, se aniquilan mutuamente. Al final, Lemmy Caution escapa con la chica, mientas Alphaville queda en llamas.
Películas y distopias aparte, la realidad es que la inteligencia artificial cada día está tomando más protagonismo, y si en siglo XIX las maquinas superaron a la fuerza física del hombre, y en el siglo XX las máquinas superaron su memoria, en este siglo XXI las máquinas han superado a la inteligencia del ser humano. Hay mucha literatura reciente sobre el particular, pero recomiendo quizá “El imperio de la IA” de Karen Hao, porque analiza la catástrofe a la que nos podrían conducir Open AI, ChatGPT, Metaveerso u otros similares. El libre albedrio, frente al control estatal de la mente de los ciudadanos.
Porque lo que para Julio Verne era una pesadilla de rascacielos de cristal y deshumanización, y para Godard una distopía de palabras prohibidas bajo el mando de un ordenador central, hoy tiene un nombre corporativo: Meta. Mark Zuckerberg es el ‘Profesor Von Braun’ de nuestro siglo, un arquitecto que no construye ciudades de acero, sino ecosistemas digitales de datos. En este nuevo París en el siglo XX, los amos de la Inteligencia Artificial han sustituido a los antiguos titiriteros, moviendo hilos invisibles que ya no solo controlan nuestras comunicaciones, sino nuestra capacidad de sentir y de recordar.
Y es que, de la misma forma que algunos descubrimientos científicos pueden ser muy útiles para la humanidad, como utilizar las radiaciones atómicas para curar tumores o para producir electricidad, esas radicaciones también pueden ser letales y destructivas si se utilizan para denotar bombas nucleares. Y eso ocurre también con la inteligencia artificial: puede ser muy beneficiosa para la humanidad en todos los campos, pero también puede ser letal, dependiendo de quien y para qué la utilicen.
El futuro distópico que algunos imaginan, es el de una supercomputadora gobernando un país, prescindiendo totalmente de políticos y ejecutivos con capacidad de decisión. De esa forma, la supercomputadora tendría la ventaja de no estar afectada por enfermedades crónicas y endémicas de los políticos, como son la corrupción, el nepotismo, el clientelismo político, la burocracia paralizante, la demagogia o la partitocracia, y los funcionarios y técnicos serían elegidos por la supercomputadora, en base a un perfil idóneo de capacidad, conocimientos, vocación de servicio, estabilidad emocional, honestidad y neutralidad, y no por amiguismo de los políticos de turno recurriendo a alambicados procedimientos para sortear la legalidad.
Pensándolo bien, hasta bien estaría. El problema es que esa supercomputadora estaría al servicio, no del bien común de los ciudadanos, sino al servicio de quien la haya programado y la controle: Sam Altman, con Open AI; Satya Nadella, con Chat GPT; Jensen Huang, con NVIDIA; Jeff Bezos, con Amazon; Marck Zuckerberg, con Facebook y WhatsApp; Elon Musk, con Space XIA, dedicada a la investigación en el espacio y a la inteligencia artificial, y Neuralink, dedicada a la investigación para implantar chips en cerebros humanos.
Todos estos empresarios y alguno más, aportaron mil millones de dólares para la campaña presidencial de Donald Trump en 2024, con la promesa por parte de Trump, de desregularizar la IA y las criptomonedas. Al final, el presidente de los Estados Unidos es una marioneta de estos empresarios y del lobby judío. Un detalle: su yerno Jared Kushner es judío y aspira a un megaproyecto inmobiliario de lujo en Gaza como los que ha realizado en Albania y Serbia, y su hija se convirtió al judaísmo. No nos consta que aspire a un megaproyecto inmobiliario en Irán, pero …
Al final, como han dicho estos autores visionarios, esta élite empresarial aspirará a que los algoritmos de las supercomputadoras nos gobiernen y a establecer una dictadura de la lógica desprovista de humanidad, y que la posverdad sustituya a la conciencia. Pero el ser humano, que es genéticamente rebelde, podría introducir mensajes contradictorios que hicieran colapsar el sistema, y las catedrales de silicio de Virginia, Dublín y Alaska, en la que se almacenan la computación y miles de millones de datos, arderían como ardió Alphaville por la acción de Lemmy Caution. Otra distopía.
PD. Otro día comentaremos sobre el colegio de Valverde en de Hoya del Juez, y del esperpéntico pleno celebrado hoy en el Cabildo Insular.
Las Palmas de Gran Canaria, 7 de mayo, 2026.
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